Revista entre médicos

Estábamos en Frankfurt en la presentación del nuevo programa de la agencia de viajes alemana Airtours International. Cada hotel hacía su "Vorstellung", su presentación. A mí me tocaba la del hotel que dirigía en aquella época, el Don Carlos de Marbella, el antiguo Marbella Hilton. No sabía que en aquella sala, entre el más de un centenar de agentes de viajes venidos de toda Alemania estaba la Directora de Marketing y Ventas para Europa de la mítica cadena hotelera de la Isla Mauricio, los Beachcomber Hotels.
Me invitó a su presentación. Quedé deslumbrado. No en vano sus hoteles estaban entre los mejores hoteles de vacaciones de playa del mundo. Más adelante recibí su invitación para viajar a la isla. Me alojaría en una de las joyas que ellos crearon en uno de los parajes más atractivos de la antigua île de France: el Paradis Hotel and Golf Club.
Al aterrizar el avión de Air Mauritius en el Aeropuerto Internacional de Sir Seewoosagur Ramgoolam (el nombre del Primer Ministro que estrenó aquel nuevo estado, Mauricio) el paisaje me recordó los campos que rodeaban al aeropuerto de Málaga hace ya muchos años, cuando las plantaciones de caña de azúcar ocupaban el espacio de los edificios actuales. Mauricio es una isla muy fértil, con unas costas maravillosas, con el atractivo de cascadas impresionantes que saltan por una orografía marcada por formaciones de origen volcánico. Su población, de origen europeo, indio y africano, forma un mosaico humano sumamente interesante y atractivo. Los entendidos que conocen bien Mauricio y las Seychelles, suelen decir que Mauricio es una isla de cuatro estrellas con hoteles de cinco. Y que las Seychelles son islas de cinco estrellas con hoteles de cuatro. No estoy de acuerdo en lo de Mauricio. Viendo estas fotos, nadie puede negar que el paisaje que rodea el Paradis se merece sobradamente las 5 estrellas, igual que el hotel. Pude comprobar que en esta hermosa isla, que la historia hizo holandesa, francesa y finalmente británica antes de su independencia, la cadena Beachcomber tiene algunos de los hoteles más atractivos del planeta. Entre ellos, y la elección no es fácil, mi favorito sigue siendo el Paradis, en la costa sur oeste. Tanto el hotel como su golf tienen por marco un paisaje excepcional, de mar, ensenadas y montañas. Varado entre las palmeras, en una pequeña península de arenas blancas que se adentra en las aguas del Índico, con tonalidades que se deslizan continuamente del azul al verde, protegidas por las barreras coralinas de mar adentro.
Esa pequeña península es a su vez parte de otra mayor, la del Morne, dominada por un abrupto peñón de 555 metros de altitud, Le Morne Brabant, el punto más occidental de la isla. Esta montaña servía por su accidentada superficie de refugio para los esclavos que huían de la tiranía de sus amos. En 1835, cuando la abolición de la esclavitud en Mauricio, la llegada de fuerzas armadas a Le Morne para anunciar su libertad a los fugitivos, les sumió en el pánico y la desesperación. Pensaron que les atacaban. La mayoría decidió lanzarse al vacío antes que tener que volver a unas durísimas condiciones de vida, que ellos ignoraban que habían sido abolidas. Esta montaña es hoy propiedad de la familia Gambier y su permiso es indispensable para poder visitarla.
Este dramático episodio es la única faceta que podría contrastar con la luminosidad del lugar, que parece creado para servir de aproximación a lo que se puede considerar uno de los últimos paraísos en la tierra. En realidad el complejo del Paradis son dos hoteles: el Paradis y el Dinarobin. Este último, más pequeño, se levanta en el mismo emplazamiento donde estaba el viejo Hotel Brabant y lleva el nombre que los antiguos navegantes árabes dieron a la isla. Recuerdo que paseaba desde el Paradis al Brabant, para tomar allí, en aquella elegante y algo cansada casa de estilo colonial, el té de la media tarde. Me recordaba un poco al antiguo Marbella Club. Encantador. Lo recuerdo con una especial nostalgia. Pero la Beachcomber tiene fama de ser la más eficaz – e incansable - cadena
hotelera del mundo a la hora de renovar sus hoteles. Y tanto el Dinarobin, heredero del antiguo Brabant, como el Paradis lo prueban. En 2001, con una inversión de 30 millones de Euros, el Paradis se reconvirtió en un super cinco estrellas. Doble mérito, ya que hablamos de un hotel que ya parecía imposible de perfeccionar. Fue elevado a unos niveles de belleza y calidad espectaculares, manteniendo su encanto original. Las 174 junior suites y las villas fueron redecoradas y sus cuartos de baño, que ya tenían un nivel excelente, fueron convertidos en piezas de coleccionista. Sus restaurantes más tradicionales (La Palma, el Blue Marlin, La Ravanne) casi no se tocaron. No fue necesario. El Main Restaurant fue rediseñado, creándose tres espacios diferenciados. Otro acierto. Los bares, los salones y muy especialmente el Spa de Clarins fueron mejorados con unos resultados que no pueden dejar indiferente ni al viajero más exigente.
Los grandes espacios abiertos orientados al mar, la utilización acertadísima de la madera y las techumbres de brezo, combinados con los materiales locales y la artesanía de la isla, rematan estos cambios con una fidelidad total al estilo del primer Paradis. El logo que aparecía en las camisetas o en las polos en la tienda del hotel lo definía perfectamente: "Tropical Elegance". Los deportes náuticos, en una gama más que completa para buscar la experiencia total, perfecta en un entorno marino excepcional, tanto sobre o bajo las aguas del Índico. Y uno de los placeres era salir directamente de una de las suites de la planta baja a la playa de arena fina y color crema pálido y andar unos metros para entrar en un mar cálido, cristalino.
Tampoco estaba el golf de 18 hoyos del Paradis lejos del mundo acuático que parecía abrazarlo, ciñéndose a sus greens y a sus bunkers, con la sabiduría de los campos míticos que nunca se entregan del todo. Y desde luego, merecedor de esa definición que le asignaba el honor de ser uno de los campos más bellos del mundo. Si a todo eso se añade un equipo de profesionales famoso en el ámbito de los grandes hoteles internacionales por su excelencia y dedicación, además de una gastronomía variadísima, que hace honor a la singularidad cultural y étnica de la isla, al final del camino nos encontramos con una obra de arte sencillamente impecable. Un poco como el famoso Hotel Los Monteros en Marbella, en sus mejores años.
En el siglo XVIII un escritor francés, Bernardin de Saint Pierre, compuso, durante su estancia en la Isla de Francia, o Isla Mauricio, una bellísima obra literaria. La famosísima "Paul et Virginie". Aparte de estos célebres personajes, precursores del romanticismo, la isla asume en el libro un protagonismo muy importante, fundamental. Como se preguntaba el Conservador de la Biblioteca Nacional de Mauricio, Edmond Pognon, "on peut aussi chercher à savoir pourquoi Bernardin de Saint Pierre a choisi l"île de France pour y faire vivre et mourir Paul et Virginie..." Lo que no podía sospechar el ilustre autor de aquel libro inolvidable es que la isla se convertiría en uno de los lugares más deseables del mundo. Aquella isla desierta, una de las antiguas Mascareñas, descubierta por los portugueses, territorio de la corona de Francia y convertido después en dominio de la autoridad imperial británica es hoy uno de los mejores ejemplos de cómo es posible, con inteligencia y con un código ético envidiable y envidiado en otras latitudes, mantener una de las más solidas y rentables industrias turísticas de este planeta.
Rafael de la Fuente, profesor invitado de la Universidad de Cornell.