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Ricardo Murillo y Murillo

La Epoca de la

GRAN CONFUSION

Ricardo Murillo y Murillo

La evolución de la cultura del hombre, desde los menhires hasta los rascacielos, ha sido extremadamente importante. A pesar de ello el mundo, España, han vivido y viven en una situación confusa y precaria.

Los valores esenciales para la vida no se han consolidado con los enormes progresos y acelerados cambios científicos. Pienso que la mayor dificultad que puede padecer la sociedad española para resolver los problemas es la desorientación, la incertidumbre que cada vez, desgraciadamente, se acentúan más. El ilustre escritor granadino Francisco Ayala decía hace ya muchos años: “La sociedad está atravesando una época de gran confusión”. Muchos jóvenes –la esperanza de la España futura-- están desorientados en cuestiones que afectan al sentido mismo de la vida y con frecuencia no saben que trayectoria seguir, porque carecen de puntos de referencia y no quieren o no tienen posibilidad de comparar. También los mayores, sometidos a presiones y a una propaganda malévola, no saben a que atenerse.

Si desde distintas perspectivas analizamos la España democrática de hoy, una larga serie de realidades negativas y rechazables impactarán nuestra sensibilidad: la violencia, el terrorismo, la inseguridad, la marginación, el paro, la falta de entendimiento entre padres e hijos, la prisa de la vida, etc. La realidad es la misma para todos; sin embargo, el grado de percepción y aceptación de las mismas y, por consiguiente, la actitud crítica, son diferentes. Ortega y Gasset decía que “cada ser humano mira el panorama de la vida desde su corazón como de un promontorio”. Lo bueno es que nos interese la verdad, la pura verdad, y que la busquemos “teniendo incluso –como decía Hegel—el valor de equivocarnos”.

Estamos en una era de transición, era puente entre dos mundos. Los historiadores no saben o no se ponen de acuerdo sobre cómo llamarla. Estamos pasando del mundo de la máquina, fija y de energía petrolífera, al mundo del robot y de la energía solar, del mundo terrestre al mundo planetario. En una época de crisis (cambio) es necesaria la imaginación creadora, la originalidad, la invención, pero también la experiencia histórica porque como escribió el filósofo Julián Marías, “el descenso del saber histórico puede conducirnos a un primitivismo en medio del refinamiento técnico”.

Una visión objetiva del momento presente nos hace contemplar un sombrío panorama. El hombre, esclavo de la técnica y del consumismo, se está deshumanizando. Y lo peor de todo es desconocer nuestros males. También lo predijo Ortega. “En una etapa crítica no sabemos lo que nos pasa” y añadía: Carecemos de una auténtica pedagogía”. En definitiva es un problema de cultura, de educación, de ideas, que –según Comte—son las que gobiernan el mundo y según Platón son las que nos dan la libertad.

Es innegable que en la sociedad actual se está produciendo un cambio radical de ideas y valores. Hasta el siglo XVIII los valores tuvieron un referente metafísico, o sea, se fundamentaban en instancias superiores. En la civilización occidental, en la religión cristiana; en otras civilizaciones aún funciona esa unión, por ejemplo en el Islam (mundo musulmán); en la India en el hinduísmo. Europa separó el referente de Dios en los valores esenciales y los fundamentó en la razón y en el consenso de los ciudadanos pesando que así la sociedad sería más justa, más fraternal y solidaria. Pero ese sueño ha sido un fracaso. La experiencia nos demuestra que la razón sola no basta para hacer al hombre bueno y a la sociedad justa. La sociedad necesita también principios de fe. Es cierto que la ciencia ha progresado pero la ética ha regresado. Hay quien se pregunta si la decadencia moral de la sociedad es real o son exageraciones literarias, porque esto mismo escribían en Francia a finales del siglo XVIII y también en España. Léase, por ejemplo, a Cadalso en sus Cartas Marruecas (1788). No obstante, generalizar no es correcto.

Siempre será válido recuperar los valores del espíritu, a los que el gran escritor y crítico Steiner llama “las epifanías del espíritu”, sin las que la civilización deja de serlo para sucumbir a la barbarie. Hay una ética universal, unos valores y normas esenciales como son la paz, el amor, la libertad, la justicia, la honradez, la solidaridad, el orden, el respeto, la tolerancia, la honestidad………….

Hay que ser personas éticas empezando por nosotros mismos. Decía Salvador de Madariaga. “Los españoles somos éticos con los demás, pero no con nosotros mismos”. Ortega insistía en la necesidad de la educación cívica y moral, que consiste en “la afinación de la sensibilidad del hombre para las normas éticas y el robustecimiento de su obediencia a los imperativos del deber”. La pérdida de los grandes principios y valores éticos dejaría perdidos a los seres humanos, desorientados, sin rumbo, sin libertad. No hay verdadero humanismo sin estos cimientos éticos y como dijo el ilustre médico Doctor Puigvert “la tecnología ha invadido el hacer del hombre, pretendiendo sustituir el intelecto por las técnicas físico químicas. Si bien deben aprovecharse las novedades científicas, el médico no puede someterse a ellas, debiendo prevalecer nuestra función humanística”.

Me pregunto si las siguientes afirmaciones de Ortega siguen teniendo vigencia en la España de hoy: “La moral que naciera en Europa al lado del Mediterráneo, alimentada del logos y de las fisis griega, de los conceptos romanos de lex y justitia, del amor al prójimo del cristianismo, del concepto humanístico renacentista y racionalista de la Ilustración, esa moral hace tiempo que ha entrado en crisis y es preciso recuperarla” porque si no fuese así, según Steiner, el mundo iría a la deriva. La recuperación de los valores éticos debe ser objeto del deseo y de la acción humana pues, como dijo Cervantes en El Quijote, “es mejor el camino que la posada”.



Ricardo Murillo es catedrático de historia

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